Big Daddy C
DÍAS PUTOS *
Uno. Un amigo y yo nos fumamos un caño y salimos por la calle Yonge. Nuestro objetivo es muy firme: porno de putos barato. Estamos descubriendo qué viaje directo es este tramo interminable de calle. Segundo lugar, escaleras arriba, una voz a nuestras espaldas dice, “Eh, chicos, ¿tienen documentos?” Nos damos vuelta, me ve el flamante pelo corto y el nerviosismo, le da el ok a mi amigo y le pide alguna identificación a mi cara de chico adolescente. Muestro mi único documento de mujer con barba. Baja la vista y la levanta, y al final dice, “De BC, ¿eh?” Estoy exonerado. El primer derecho de paso está acordado. A putolandia. Esta vez escaleras arriba, a las hileras de pijas duras y vientres peludos. Sé que este es mi lugar cuando consigo dos revistas por diez dólares. Chicos de tapa en ropa interior mínima que parecen polvos impresionantes de dieciséis años. Sé que tienen dieciocho y sonrío, ya que me gustan jóvenes pero que todo sea legal. La holgada campera de invierno me permite estar parado ahí, duro y mojado junto a los duros.
Cuatro revistas y dos videos más tarde, mi puto privado vuelve excitado a casa, donde mi puto no tan interno está a salvo.
Dos. Por la noche, mi amigo y yo nos animamos a ir a los bares de chicos. El día anterior me cargó. Me miro al espejo con el pelo mojado y un frasco de perfume masculino encima y me digo a mí mismo (al mundo) que soy un osito gordo, tímido y atractivo. Estamos sentados y paso. Miro el mar de hombres con ojos furtivos y excitados. Me agito cuando advierto que cada hombre que pasa mira, pasa revista, y hasta esa inspección general, superficial, me calienta la sangre porque en el acto sé que se me vio como un puto, un posible polvo, aunque sólo sea por un momento.
Nos vamos a un lugar más fuerte. Me siento nerviosamente en casa sentado en el mejor lugar del bar, desde donde puedo ver la totalidad de los mingitorios y cada uno de los cubículos. Veo hombres de todo tipo que yiran y chupan. La sed de pija borra las divisiones entre atractivos y feos, viejos y jóvenes. Me retuerzo en el asiento.
Un último bar con tres pisos de chicos y pija. Porno en todos los televisores. Estoy borracho y animado, pero siempre cauteloso. ¿Ellos me creen? ¿Mis propias ansias de pija son más fuertes que mis inseguridades, que mi incertidumbre? ¿Que mis tetas?
Salimos y nos tambaleamos por la calle gay hasta las cabinas porno. Bajamos la escalera y el aire se enrarece. Ya estuve una vez y conozco algunos pasos. Mi amigo explica la escena: los chupapijas se paran afuera y fuman, uno entra a una cabina y pone las monedas y la pija; la puerta se abre y uno decide.
Gasto cuatro dólares pasando de una violación de un grupo leather a un video bi donde la mujer es un medio seguro, una excusa para la cosa entre putos. Estoy tan caliente que hasta siento dolor, pero no puedo pajearme. Vergüenza de concha. Me siento un impostor, pero es que quiero tanto hacer mío este lugar. Oigo que la perilla gira, miro y veo a un chico, tan fuerte, grandote, de barbita candado y labios gruesos, una invitación en los ojos... y agarro la perilla y cierro. La sostengo hasta que se terminan las monedas y el porno.
Tres. Me despierto diciendo, “Soy puto y puedo hacerlo.” Me tomo tres cervezas rápidas alentadoras y salgo para putolandia. Escaleras abajo, al lugar de las cabinas. Me paro en las sombras iluminado por cigarrillos y el cartel de salida. Estoy de caza. Estoy en ese lugar donde el miedo y el deseo compiten por imponerse.
A la mierda. Entra un chico, nuestros ojos se encuentran. No retiro la vista, sino que le indico qué buen chupapija soy lamiéndome los labios y succionando el humo. Cierra la puerta hasta las tres cuartas partes. Espero... 2, 3, 4 y avanzo hacia su puerta. Las manos y las entrañas me tiemblan. Abro la puerta.
Está de cara a la pantalla; el brazo izquierdo venoso colgando; el derecho, sudado y peludo, se mueve rápido y fuerte. Se da vuelta y transcurre un segundo mientras me mira la boca. Entro, y antes de que se cierre la puerta me pone las manos en los hombros, me coloca frente a la pantalla, me empuja hacia abajo.
Su pija gorda, gruesa, gloriosa, baila frente a mí. No me desprendo el saco. Cierro una mano alrededor de la base de su pija. Me pone la cabeza contra la cara y yo ignoro mi dolor de rodillas mientras chupo la cabeza y le cojo la hendidura del meo con la lengua. Me cree, me agarra de la nuca y me coje la cara. No tengo tiempo para arcadas. Le chupo la pija con 30 años de deseo. Me cree. Siento que la pija se le hincha y floto mientras la leche me baja por la garganta. Se abrocha, me paro.
Avanza para abrazarme y yo abro la puerta. Me creo.
Traducción de Joaquín Ibarburu
Big Daddy C. se
presenta así: “Soy un trans gordo sexy que vive en Toronto y trata
de volver a Irlanda. Tanto en la vida como en mi trabajo trato de conseguir
que haya una visibilidad trans. Hago talleres trans desde hace más
de tres años, actúo en espacios queer/trans friendly y escribo
para Lezzie Smut, Out Queeries y otras publicaciones trans/queer.
Mi video, “Stop Staring and Listen...” se proyectó en el Festival Out
On Screen de Vancouver en 1999"
(*) La incorporación de la traducción de “Días putos” (“Fag days”) a Poesía de-géneros es cortesía de la página www.transiciones.com.ar.
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