Alvaro E. Castro Peláez
Cuando vi pasar el poste del quilómetro empecé a levantarme y a sacar mis cosas de la parrilla, el ómnibus comenzaba a disminuir la velocidad y, a la mitad el quilómetro siguiente, se detuvo sobre la banquina. El sol ya tocaba el horizonte entre montes de eucaliptus y cerros y cuchillas ya oscuros en la distancia. - Siga la calle que, a unas cuatro cuadras la encuentra - me contestó el guarda de Onda dejando caer la tapa de la bodega, cuyo cierre aseguró con la rodilla, cuando le pregunté pór la casa. - ¿Qué calle? No mc contestó; ya estaba sobre el coche, saludándome con aire de «usted se lo buscó», mientras cerraba la portezuela y se alejaba el galgo, levantando una espesa nube de polvó a la que el sol daba engañosos reflejos oro y rojo. dejándóme solo y en medio del desierto. Entonces me di cuenta de que no había visto ni siquiera vacas ni ovejas. Recién cuan-do se hubo ido cl ómnibus vi del otro lado de la carretera algo a lo que el guarda se habría referido: entre dos líneas de alambrado paralelas y separadas unos diecisiete metros una de otra, como dicen los planos, una franja de terreno llena de huellas y abun-dante pasto y yuyos entre los que se adivinaba el barro. Me apresuré a cruzar la carretera y emprender la marcha porque ya el disco solar había desaparecido y la nochecita subía desde el suelo, donde parecía nacer en la base de los piques, agarrándose a los troncos de las pocas acacias que señalaban en fila los límites de los campos vecinos. Hacia adelante, a buen paso, a los pocos minutos comencé a interpretar parte de la expre-sión que había notado en el rostro del guarda, en la mirada del chofer, soslayada a través del espejo: uno camina más o menos a un minuto por cuadra, sobre todo cuando está solo en medio del campo y a pie. No quería mirar el reloj por miedo, pero tenía que haber pasado ya con exceso el tiempo para recorrer cuatro cuadras y no se veía nada; la calle, porque en campaña así las llaman aunque no tengan nada que ver con las que yo conocía en la ciudad, parecía terminar a medio quilómetro en lo que creí era un bosquecito de eucalip-tus, sólido, alto, no muy ancho, muralla que indicaba el fin del camino. A veces la gente rodea su casa con árboles, para protección y qué se yo, me argumentaba para animarme, mientras seguía caminando ya sin mirar el suelo porque no vería los pies.Estaba equivocado: no era un monte de eucaliptus, una isla, y no me animo a decir con certeza si me alegraba o no de que fuera otra cosa; a medida que me acercaba distinguía los contornos cada vez más preci-sos de una construcción de considerable volumen, totalmente impenetrable. No se distinguía ninguna luz, sólo una mole que se recortaba contra un cielo cada vez más oscuro donde ya brillaban curiosas, las estrellas que me miraban por encima y a los lados del enorme caserón, haciendo más amenazante su sinies-tra oscuridad. Tenía una especie de mirador en la segunda planta, directamente al medio de la mole. El resto, macizo, parejo, con planta baja y primer piso, con frente de poco menos de una cuadra, mal calculada por la noche y mis nervios alterados. Realmente, pensé, si tuviera un piso más diría que es la Casa Usher de Edgar Ailan Poe y me di cuenta de que pisaba con cuidado para no caer en las hendiduras y pantanos que rodeaban la mansión del cuento. En el aire inmóvil no se oía rumor de hojas; al caer el sol, dicen, se calma hasta la brisa. Pero tampoco trinos ni gorjeos. Nada. Sólo silencio y oscuridad creciente. - Me estoy dando cuerda - me dije, casi en voz alta, para acompañarme; pero mi propia voz me sorpren-dió. En seguida imaginé los ladridos de los perros de la casa y cómo haría para librarme de ellos hasta que saliera alguien. - Seguramente estarán detrás de la portera, ence-rrados en el patio. Pero ya estaba a pocas decenas de metros y, si bien los alambrados de los lados no se veían, era más por la oscuridad que porque se hubieran alejado. Creí distin-guir que caminaba entre alargados canteros y uno central, redondo, entorno al cual me llevaba un casi sendero hasta desembocar frente a un sólido, macizo, inmenso, portón de madera donde llamé sin tardanza, golpeando con los nudillo hasta que me dolieron, mientras buscaba a qué treparme cuando aparøcieran. los perros. No había visto portera ni lí-mite entre campo y patio; era todo igual. Agucé el oído para distinguir aunque fuera el jadeo de los mastines, pero sólo percibí el eco de mis golpes como si del otro lado de la puerta hubiera solo el vacío. Dar vuelta a la casa para ver qué había detrás, como en las películas, ni pensarlo. Los ocupantes, si los había, o los fantasmas, que parecía haber, me toma-rían por quién sabe que y de cualquier modo me iría peor. Flanqueaban el macizo portón en que me halla-ba, enormes ventanas cerradas por sólidos postigos de madera con gruesos herrajes y guarnecidas por rejas de impresionantes barrotes que excedían en mucho el quicio en la pared, que se veía como una fortificación con, por lo menos, ochenta centímetros de ancho. Más allá creí adivinar más ventanas iguales con similar protección. En resumen: una fortaleza. Nota del autor: No sé como voy a entrar en la casa y menos lo que hay dentro, puesto que me es imposible, si no entro ¡a quien se le ocurre! Tampoco sé que vine a hacer acá y creo que no lo averiguaré.