Alejandro Acosta

 


De: Bohorquéz o de la seducción




      EL AUTOR RECIBE VISITAS...

El sueño persigue trazas de flechas,
lanzas de extravío, siluetas
en campos de otros días.
No son sombras.
Son hombres
que bajan a beber en aguas de un río de escombros
cuando braman las cornetas a la luna.

Hoscos,
hueros de Dios,
traslúcidos,
deambulan y se entristecen
como imbéciles
fantasmas de unos sueños perdidos,
todos vencidos,
todos degollados,
maltrechos por alegres hachas,
por el mal arcabuz
y la peste.

La lluvia lame con un áspero aliento de olvido
blandos cráneos que miraron el mundo
mientra el olor de la sangre a mareos ascendía.

No son sombras,
ni pájaros negros contra el asfalto,
ni adustos árboles que flotan cintas
en la oración desierta de pilpintos.

Son abuelos de abuelos de abuelos
que caminan a través de nosotros,
parsimoniosos y flacos como mulas.

Late un corazón si el cuchillo lo arrima al fuego.

 

SE EXPLICA LA PREFERENCIA DE LOS NATURALES POR LA VIDA DISOLUTA QUE LLEVAN EN VALLES Y QUEBRADAS...


Ala de laja quebradiza,
sol oscuro de ala,
silenciosos mecanismo que late y sobrevuela,
registra leguas desiertas, ladera,
altar
y más arriba el sueño.

Mira cómo muere el río en babas negras.

Ala que late dos veces y gira.

Precipita, escala, nada en cintas,
rodea su sombra,
llueve.

Calchaquí.

Cóndor que esconde su cría en los volcanes.

 

DE MUCHAS ARTIMAÑAS SE VALE EL EMBAYDOR PARA GANARSE LA AFICIÓN DE LAS DISTINTAS PARCIALIDADES...

A los viejos que moran en montañas
hay que darles luces,
mecanismos móviles,
certezas equívocas y recetas con hierbas.
Desconfían casi de todo
pero cuando rinden sus almas: son húmedas,
gratas,
curiosas.

Pero qué es la seducción.
Su arte.
Su locura.

¿Hacer un ave de un pañuelo?

O es
decir las palabras precisas
aspirando las voces como en un resuello:
palabra tierra,
palabra orgullo,
palabra alianza.

...una cierta afición por los acertijos,
el delgado talento de la elocuencia y el relato.

Abrazar las miserias cotidianas
como un padre
o una urna.

No es ocultar,
no atravesar la noche como el rayo
buscando el alma del árbol, del hombre;
no rodar como el río
que crece sin gobierno.

Es revelar en su medida,
nacer la curiosidad,
insinuar,
llorar los héroes vencidos,
indignar el gesto
mientras el coro se empequeñece.
Es sentir
como el Inca respira
y no preguntar jamás
si los otros lo vieron.

A las mujeres hay que escucharlas
mientras hacen sus cosas
femeninas.

 


De "DE LOS VENENOS" (1996)


ELLA


Caminábamos y la tarde, a través de nosotros, lanzaba piedras negras
contra la copa de los paraísos.

Cuál de aquellos días existió para que no muriésemos nunca?
Adónde estaba, entonces, el dolor?

Ella era como saltar al vacío.
Aprendía su cifra de ríos no evidentes
mientras la curva y el color de su cuello
sahumaban el tenso azul de nuestras adolescencias.

Algunas noches la convoco.
El limón más amplio de sus ojos
dibujaba la gracia de un sueño que yo le contaba,
un territorio de pulsos y fiebres en donde fueron ciertos el leño y la lluvia.

Ahora, sin trenzas, sin canciones,
la veo desvanecerse en la multitud de los seres naturales.

Esa mujer jugaba con los insectos, los hombres -esos niños-
mas con las flores nunca.

 


EL ARQUEÓLOGO


Gestos, ritos y asombros se desbarrancan.
Un nylon rojo pasa flotando.
Una mujer esconde un sonajero.

Ha pasado un segundo.

Un caballo negro viaja desencajado
y en el horizonte brama tras flores asesinas.
Otro caballo lame su lomo azucarado, entre hormigas,
cuando cae la tarde.

Ha pasado un segundo.

Veo mecerse los sarmientos y a través de ellos,
tal vez lejos, una nube blanca.
Nadie pudo socorrerme. Nadie vino con antorchas
y un Cristo doliente al son de una caja.

Sépanlo bien:
ha pasado un segundo.
Latas, flores y papeles viejos circularán por el valle
señalando las precarias tumbas de los sueños perdidos.

Un juguete desenterrado después de veinte años,
inútil ya,
pero más doloroso por desconocido.

 


SEDUCCIÓN DE LOS VENENOS


A Claudio


Son los rosados venenos los indicados para mi muerte,
lo supe en la tarde sangrienta,
esa flor del amor deshecha entre las hojas.
Ya no digas nada.
Nuestra canción presiente
cuál precisa alquimia propiciará su derrumbe
y todos guardamos, amorosos, nuestra penumbra.

Siempre enfrente tenemos un abismo.
Saboreo el humo
y lo dejo morir contra la noche inmensa
-la noche entra en la noche y la luna,
esa mujer morena, asedia-.

Siempre enfrente está el abismo.
Una agitación enrojece el agua
mientras distingo a mi fantasma que me sigue, por si lo requiero.

Me invitan a saltar.

No está probado que ningún hombre no haya volado nunca.


INÉDITO (2000)

ARTE DE AMAR


A Celina

Como las chacras cuando ha llovido
y pasa el vendedor de pan y un sol de primavera
amansa tus ojos que sonríen líquidos,
como tus manos que adivinan
la caricia tensa de nube o banco de peces,
tanteando el numeroso cielo relativo de las ilusiones:
la música de tu respiración es la noche,
suave cobre que pule terciopelo de rayo,
el beso despavorido, redondo, genital.
Tu temblor me pertenece.

Siento cada caricia y su exacto desliz.

Siestas en aceites
de mansedumbre y congojas y palabras al oído,
palabras oídas como de un puñal en las visceras,
palabras que dicen su temperatura
a los cuerpos oxidados del sol y su vago reflote de algas y río.

Tu canción adormece a las cigarras pardas
del algarrobo gris.

Astillas de estaño en estrellas contra el rojo,
con furia creadora enarbolas nuestra casa
y vistes las paredes y las mantas con una desnudez
agradecida y rosada
y gozosa.

No fuimos más bellos antes.
Yo soy esos poros que cuidas, mis ruidos humanos,
el sensible silbo vulnerado si me regalas flores.

Yo quiero nuestro hijo.


 


Alejandro José Acosta nació en San Fernando del Valle de Catamarca, Pcia. de Catamarca, Argentina, el 22 de febrero de 1965.
Fue director de la revista "Agua Ardiente artes, letras y otras creaturas". Además de publicaciones en antologías, periódicos, revistas y plaquetas, tiene editados: "Las tramas coloridas" (1988); "La creciente", con ilustraciones de Roberto Rodríguez Aybar, (1990); "Cuentos para una Alicia crecidita", plaqueta, objetos, acción y poemas ilustrados por María Celina Galera (1994), y "De los venenos" (1996, primera reimpresión 1999). En el 2000 publicó "Bohorquéz o de la seducción", hermosa edición del autor ilustrada también por Roberto Rodríguez Aybar.

 

biblioteca Zapatos Rojos